Populista o popular

Se habla mucho de populismo y popular, tratando de marcar una clara diferencia entre ambos términos. Lo que es verdad.

De manera concreta podemos decir que populismo, no es un término que se encuentra en el diccionario de la Real Academia Española, es más un término usado de manera política, para de alguna manera denostar a los movimientos que no son de índole tradicional.

Si se busca una definición de lo que significa populismo tenemos dos definiciones más o menos acertadas:

  1. Tendencia o afición a lo popular en todos los ámbitos de la vida, en especial en el arte.
  2. Tendencia política que dice defender los intereses y aspiraciones del pueblo.

Pero lo que es objeto de ésta publicación es la definición número dos.  John William Cooke en sus tratados define al populismo como lo contrapuesto a lo popular, y llega aún más allá al afirmar que: “Lo populista era una especie de «malversación» de lo popular, una tergiversación;  lo falsamente popular, lo que parecía popular, pero que en lo esencial no lo era, o lo era sólo en sentido muy superficial, retórico, culturalista”.

Y lo interesante de dicho pensamiento es que afirma que es precisamente la clase dominante la que impulsa desde arriba, remitiéndose a políticas policlasistas, donde la burguesía juegan un rol de dirección y las clases subalternas juegan los roles secundarios.

En una entrevista Miguel Mazzeo, dijo que:

Hay algo que empioja toda esta discusión, y es el uso del concepto de populismo que hace la derecha más reaccionaria. Para tomar una figura representativa de esta posición podríamos pensar en  Mario Vargas Llosa que, en sus intervenciones políticas, cada dos palabras, dice populismo como quien nombra al demonio. O la actual coalición de gobierno en la Argentina que también utiliza mucho el término, inspirada en Vargas Llosa. Esta derecha no puede distinguir lo popular de lo populista. Para ella el populismo remite al gasto público, a la intervención del Estado en la economía, a la regulación económica, a cualquier práctica que vaya en contramano del mercado, cualquier lógica no mercantil y ese es el problema que tenemos para usar ese concepto. Al utilizarlo corrés el riesgo de que se lo decodifique en la clave del sentido común imperante, y que te coloquen de ese bando.

Por otra parte existe una apropiación y una reformulación del concepto de populismo en clave positiva. Esto es, existe una fundamentación teórica del populismo. Pero también se recurre a él como reacción al discurso de la derecha, una especie de inversión simbólica. Yo creo que es un concepto que puede ser utilizado pero con muchas aclaraciones. A pesar de su polisemia, de su ambigüedad, puede servir para caracterizar ciertas prácticas. Por ejemplo, un componente del populismo es la tendencia a desideologizar el discurso político, especialmente el de la clase trabajadora, por eso entronca con las lógicas burocráticas. El populismo también remite al pragmatismo político en sentido tradicional, al ejercicio del poder sin demasiados compromisos ideológicos, digo «en sentido tradicional», porque también existe un pragmatismo revolucionario que no es ideológicamente flexible. Cuando un gobierno de derecha es pragmático por una cuestión de supervivencia o de racionalidad política básica, se lo tilda de populista o se dice que toma medidas políticas populistas. Sigue siendo un concepto sinuoso.

Y por otra parte está en concepto de popular:

  1. Que pertenece al pueblo (comunidad o grupo mayoritario) o tiene su origen en él.
  2. Que pertenece a las clases más bajas de la sociedad.

Lo popular está íntimamente relacionado al pueblo y sus aspiraciones, siempre hablando políticamente, lo que da como resultado que no puede existir un movimiento popular sin que éste sea nacido de la izquierda. “Una política popular necesariamente tiene que ser anticapitalista, antimperialista y antipatriarcal”, palabras de Mazzeo, que sintetizan a toda manifestación popular, tienen una ideología más precisa. Por lo tanto lo popular no es el populismo, el populismo en si tiene características muy ambiguas e intenta legitimarse con formulaciones  populares, pero con corto alcance.

Luis Esteban Manrique nos dice que: “Perón creó una clase muy peculiarmente argentina de populismo autoritario que abrazaba ambos extremos del espectro político. Una sola de sus dos caras –la derechista de Carlos Menem o la izquierdista de Néstor Kirchner– no podría jamás abarcar los diversos y heterogéneos elementos que Perón era capaz de coaligar”.

Viendo el “populismo” de Perón y considerando su liderazgo, debemos hacer hincapié en que no es un movimiento populista el peronista, ni el chavismo y mucho menos el de Morales en Bolivia. Son todos movimientos nacidos de la inconformidad de los pueblos frente a ideologías neoliberales y neofascistas que tuvieron su acción en los años anteriores a la aparición de éstos nuevos líderes. Lastimosamente como todo tiene su fin estos (los movimientos) también, y van claramente acompañados de la vida de los líderes que impulsaron la unión de varias fuerzas en sus países, algo que no es propio de cualquier representante político, sino de aquellos que tienen la capacidad de incluir a todas las clases y representarlas.

Entonces cabe reflexionar cual es el mejor modo de producir líderes de tamaña significancia en la política popular nacional e internacional. Tomando en cuenta que muchos de aquellos dirigentes de la izquierda tradicional se disfrazaran de populares siendo netamente populistas. Embarrando la cancha con su clara funcionalidad a la derecha imperialista, como ejemplo tenemos a Nicolás Del Caño en Argentina que claramente contribuyo al triunfo de Macri, en las elecciones del 2015. No existe un programa para la formación de líderes populares, pues ellos son nacidos en coyunturas muy particulares, asumen su papel desde el fondo del descontento de las clases más bajas y empobrecidas, que a través de sus luchas dan nacimiento a sus líderes populares, comprometidos con su reivindicación y su fortalecimiento.

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