«Erótica» y esta ciudad (de Eclesiastés 7, 4 y el libro de Mildred Hernández)

Autor: Ximena Fuentes Molina

Necias. Somos así las mujeres. Necias porque pretender el placer en un contexto tan macho, tan cachureco y tan violento es una real y verdadera necedad.

Las canciones de moda incitan a «montar a las Evas». Las estadísticas nacionales hablan de altísimos índices de violencia de género. Investigando para este escrito, Google me presentó «los 100 mejores videos porno de latinas eróticas» antes que «erotismo en la literatura latina», que era lo que yo estaba buscando. Objetos sexuales violentados e incitadores del pecado: a eso es a lo que nos reducimos las Evas.

«Bienvenida a Guatemala, tierra del machismo y del pecado vergonzoso», comenté, pues no queda otra que el sarcasmo. Una amiga dice que, según su experiencia, no existe una palabra en el idioma kaqchikel que haga referencia al placer sexual (¿qué diría Freud sobre esto?; ¿qué dice esto sobre Guatemala y sus mujeres?).

Otra amiga —porque confieso haber necesitado aliadas para escribir estas líneas— habló de la expresión «cuando mi esposo hace uso de mí». Ella la ha escuchado (y yo también) en contextos rurales chapines. Y, claro, él hace uso de mí y no importa si lo permito, si accedo, si me gusta. Existo para ser usada. Allá yo si lo disfruto. Y Dios guarde si lo disfruto.

Recibí el libro Erótica en la ciudad hace ya varias semanas y confieso haberme sentido retada por este tema. El placer. Es tan difícil hablar de placer en circunstancias tan adversas. La última vez que me pegó la realidad en la cara fue el pasado mes de mayo. Entré a un hospital muy público en una Escuintla muy calurosa para encontrarme con el Grupo de Niñas Madres (que no debería existir, pero es que la maternidad infantil y el abuso sexual son tan frecuentes por aquí que hasta grupo de apoyo tardío hicieron), y las niñas madres celebraban el 10 de mayo con panza, pastel y Coca-Cola. El placer del azúcar, del carbohidrato y de la maternidad.

« La mínima cuota de placer al que puede aspirar una mujer chapina es a aquel que se vive en función de otros: el «placer» de ser madre, el «placer» de ver a los hijos crecer… »

La mínima cuota de placer al que puede aspirar una mujer chapina es a aquel que se vive en función de otros: el placer de ser madre, el placer de ver a los hijos crecer, el placer que debe causarte el éxito profesional de tu marido. Pero ningún otro, a menos que te atrevas a buscarlo en el más silencioso de los silencios y en el más secreto de los secretos.

Pero las chapinas queremos (y debemos) hablar del placer propio, de ese que es personal e intransferible. Y hacerlo en voz audible: hablarlo recio. Porque, aunque muchas de las mujeres que me inspiraron a escribir estas líneas son profesionales adultas y medianamente libres, lo hicieron por mensaje privado. Nada de exponerse (qué vergüenza), nada de incomodar al lector (Dios guarde). Así que creo que este libro —Erótica en la ciudad— representa una voz conformada por muchas voces. Voces de mujeres que viven, anhelan y procuran el más humano de los sentires.

Mujeres usadas, violentadas y necias porque insistimos: las chapinas queremos hablar del placer. Y Erótica da voz a temas escabrosos, a tabúes, a todo aquello que es socialmente inadecuado y lo presenta —a toda pompa y luz— en el centro de un escenario público: desafiando a la censura y al patriarcado y a la vergüenza que implica el placer en lo cotidiano para una chapina. Este libro es voz de muchas, es voz de mujer.


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