Migrar y comer en tiempos de crisis

22 agosto, 2019 by Gilda

La Asamblea de Migrantes de la Federación de Organizaciones de Base (FOB) es un espacio que nuclea a varias personas migrantes, organizadas en Los Artesanos, El Alto, Los Chapones, Hogar III, Pueyrredón y Villa Libertador. Nos acercamos al comedor y merendero popular del primero de los barrios nombrados para conocer el trabajo que llevan adelante día a día. 

Por Débora Cerutti para La tinta

Ají, albahaca, orégano, limón, yerba buena y cilantro, es parte del listado de plantaciones que existen en algunos de los patios de las mujeres migrantes de barrio Los Artesanos: “Tratamos de combinar las cosas. Por ejemplo, ella es de Bolivia, nosotras somos de Perú. Tenemos diferentes costumbres, incluso cosas de la comida”, dice Mili y sonríe. Las formas de cocinar son distintas entre una mujer y otra, pero nos cuentan que esto no es un problema, sino un potencial aprendizaje: fueron haciendo acuerdos y combinando recetas. 

A lo largo de estos años, no sólo han aprendido a combinar y enriquecer las comidas, sino, también, a organizarse: saben del gustito que le da lo colectivo a sus cotidianos. Saben del picante que le pone la calle a la lucha por los derechos. Saben lo que es migrar de un país a otro y enfrentar el racismo, la discriminación, el avasallamiento. 

La Asamblea de Migrantes de la Federación de Organizaciones de Base es un espacio donde confluyen personas oriundas, en su mayoría, de los países limítrofes: “Entendimos que es mejor buscarnos entre nosotras la lucha, para ser reconocidas, caminar y demostrar que nosotras sí valemos. Entre nosotras mismas, defendemos nuestros derechos”, dice Liz mientras apoya sus manos en la panza. Le pregunto para cuándo tiene fecha y me cuenta que para dentro de unas poquitas semanas. Que se cansa, pero que qué va a hacer encerrada en su casa. Prefiere moverse y cocinar para las niñas y niños que están a punto de llegar al comedor.

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(Imagen: Colectivo Manifiesto)

Darle puño

Merenderos y comedores sin patrones, sin políticos, sin punteros, sin iglesias, son las palabras que están impresas en el cartel de Aqualuna, el espacio que brinda alimento a niñxs, adultos mayores y mujeres embarazadas en barrio Los Artesanos.

Una bandera boliviana flamea en la casa donde funciona el comedor y merendero popular Aqualuna, localizado en la zona sudeste de la capital provincial. Entramos al barrio los Artesanos por la calle asfaltada que conduce a la planta de camiones de IVECO.  Las calles de tierra, las construcciones nos indican que estamos en un barrio que tiene ya sus años, más de diez, me entero después. 

Desde el año pasado a este, el merendero y comedor abre tres veces por semana para alimentar al cuádruple de niñas y niños que asistían el año pasado: con rigurosa puntualidad, las mujeres que allí trabajan tuvieron que pasar de hacer 32 menús diarios a 115 este año. Desmenuzan pollo, mientras otras se encargan de cuidar el calor de las ollas y de revolver el arroz. Janet está con una palangana gigante, rompiendo galletitas en la leche, pisando y haciendo un menjunje. 

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(Imagen: Colectivo Manifiesto)

Hay una wipala en el fondo, que destaca entre las paredes del comedor. Hay niñxs corriendo y jugando en la vereda. Las cofias de las compañeras las embellecen en sus trabajos. Son rojas y negras, como los colores de la organización a la que pertenecen. La cocina no se detiene. Llego en el momento de mayores corridas. Lxs niñxs llegan a las seis de la tarde y hay que tener todo listo. Y tiene que estar rico. 

Betty comienza a hablar. Empiece por la antigua, escucho que me dicen: “Yo soy una de las migrantes, que estoy hace muchos años en la organización FOB, en Casa Caracol. Estoy desde el 2005. Empezamos con dos o tres personas y fuimos aumentando más. Organizamos copas de leche, tenemos como cuatro, en El Alto, Los Chapones, Los Artesanos y otra está en Las Malvinas”. Su deseo es que la organización siga creciendo. Hace años, comprendió y trata de transmitir que, sin organización, estamos jodidas. 

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(Imagen: Colectivo Manifiesto)

Empezó por necesidad

Cecilia cuenta que, hace unos años, era parte de la FOB, que se salió y después volvió. Alicia dice que hace lo que hace por el bien de las niñas y los niños del barrio. Mili empezó hace un tiempo a hacer las gestiones en el Banco de Alimentos y coordina el comedor. Liz dice que, cuando cocinan con Rosa, le ponen brujerías para que la comida salga rica. Y que también le ponen el pecho porque no es cuestión de cocinar arroz y ya, sino de que salga lo mejor posible. A Rosario le dicen Charo y se presenta como nueva en la organización y en el comedor, y cuenta que, antes de ser parte de la FOB, con su hija venía a retirar la comida, pero hoy colabora para que otros niños se alimenten. 

Nelly está en la FOB desde hace seis años. Participaba de la asamblea en barrio Pueyrredón y luego comenzó a asistir a las asambleas en Casa Caracol para conversar y hallar soluciones a los múltiples problemas que afronta junto a tantas otras por ser migrante. Si bien hay algunos compañeros varones, me dice, en general, son mujeres que, en su encuentro con otras, fueron expresándose y animándose a hablar. 

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(Imagen: Colectivo Manifiesto)

La asamblea de migrantes de la FOB está conformada, en su mayoría, por personas provenientes de Perú y Bolivia, que, por necesidad, frase que se fue repitiendo a lo largo de la tarde, llegaron a la organización y decidieron abrir estos comedores y brindar la copa de leche: “Era una necesidad. Está todo subiendo y hay mucha inflación, y no se puede. Y, por eso, se decidió, para que la gente de abajo, que no tiene qué comer, coma. Para poderles brindar un plato de comida a toda la gente que no tiene”. A los comedores y merenderos de los barrios ya nombrados, se sumó hace poco un comedor en Casa Caracol para gente en situación de calle. 

Josefina está en Argentina desde hace diez años y llegó desde Perú. También dice que se acercó a la organización de la FOB por necesidad: “Llegué a Casa Caracol, pero sentía vergüenza porque no me desenvolvía, porque no podía decir nada. Y me tenía que agachar nomás. Poco a poco, seguí, ya hace como tres años que participo en la FOB y aprendí mucho, aprendí que uno mismo debe valerse. No conocía cuáles eran los derechos de la mujer, siempre era que tenía que mandar el hombre, todo eso. Pero ahora, también tengo derecho, el hombre tiene que hacer por igual en la casa”. Josefina, junto a otras compañeras, brindan talleres de tejidos: hacen bufandas, medias, camperas, adornos para la heladera, cuenta. Somos más sueltas, me dicen. 

Eva hace nueve años que vive en Los Artesanos. Su casa fue una de las diez primeras que se construyeron: “Empezamos de abajo, empecé a hacer mi casa primero con madera y eran ranchitos. Luego, vinieron los de un techo, me hicieron la casita de 3 x 6. De a poco, fui consiguiendo mi casa que todavía me falta terminar. Me gusta el barrio”. Cuenta cómo fue que decidió sumarse a la organización: “Pasé cuatro años que me invitaba una prima, pero yo no me acercaba. Y después llegué, como dicen, por la necesidad llegamos. Tuve al bebé, ya no podía trabajar. Lo tenía recién nacidito, él nació el 10 de febrero y, el 23 creo que de febrero, ingresé a las FOB, con mi bebé”. 

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(Imagen: Colectivo Manifiesto)

“Migrar no es delito”, es una de las frases claras y contundentes que las mujeres migrantes organizadas supieron alzar como bandera de lucha por sus derechos. La xenofobia, el racismo y la criminalización de la migración son algunos de los motivos por los cuales también comenzaron a juntarse estas mujeres, que se suma a la intención de mantener y reinventar las costumbres, las fiestas populares que se celebran en los territorios de donde vienen. Así lo cuenta Nelly cuando le pregunto acerca de lo que implicó para ella quedarse a vivir en Argentina: “Nosotros, en primer lugar, vinimos yo y mi esposo, dejamos a los dos hijos que son nacidos en Bolivia y después los trajimos acá y nos gustó acá. Y nos quedamos desde hace 11 años”. Nelly fue parte de la formación del barrio de El Alto y construyó su casa de a poco.  Entre vecinas, fueron colaborando y dándose una mano. 

Darle puño

Picar ajo. Cortar cebollas. Desmenuzar el pollo. Cuidar que el arroz no se pase. Triturar las galletas y embeberlas en leche. Sazonar la comida. Hacer que esté sabrosa. Variar los sabores, porque la diversidad hace al gusto. Y a la buena alimentación. 

Milagros es la encargada, la que coordina que todo esté a la hora que tiene que estar. Pero por supuesto que la responsabilidad es colectiva y cada mujer la asume con constancias y vehemencia: “Esto sería, básicamente, por los niños. Tenemos, aproximadamente, sesenta madres que, de a poco, se van sumando para poder desarrollar el tema de la solidaridad porque no todas, a veces, están comprometidas. Entonces, nosotras, a medida que vamos demostrándole un poco más de comodidad, de poderle brindar otras cosas a los chicos, les gusta”. 

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(Imagen: Colectivo Manifiesto)

La mayoría de las mujeres que sostienen el comedor Aqualuna son migrantes. Cocinan e intercambian recetas y formas de hacer las cosas: “Hay varias mamás que vienen a sumarse. Hacen las donas y nosotras le damos puño, como se dice, a la comida”, dice Milagros. Afirma que vienen de “esas costumbres”, vinculadas a comidas comunitarias para muchos. Estamos acostumbradas a comer bien, me dice: “Acá antes, los chiquitos, cuando venían, el arroz con leche que hacíamos, no tanto le ponía, pero ahora, hoy en día, te piden dos veces y es por el gusto, por lo que ven los otros niños. Buscamos llegar a eso, que les gusten a los niños la comida también. La mayor crítica viene de los chicos, que ellos dicen si está rico, es porque les gusta”. 

Los menús son variados: ají de pollo, caldo, sopas, guiso de fideos, con albóndigas, con carne, comidas combinadas con distintas menestras (porotos, lentejas, garbanzos). También hacen diferentes tipos de panes, tortillas y, algunas veces, hasta cosas dulces como pasta frola; “Variamos de todo y todo lo elaboramos nosotras, tratamos de no comprar nada, todo lo hacemos nosotras”, dice Lizbet. Desde hace dos años, ella es parte de las FOB, asiste a las reuniones, las marchas, las asambleas. 

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(Imagen: Colectivo Manifiesto)
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(Imagen: Colectivo Manifiesto)

Un barrio digno

La organización de la FOB, nos cuentan las mujeres cocineras, también contribuyó a resolver problemas vinculados a la documentación de quienes deciden migrar. Lograron obtener la residencia precaria y que Migraciones fuera hasta el barrio a realizar certificaciones. 

Las vecinas cuentan también que desarrollaron, hace algunos años, las guardias barriales, organizadas por día, para cuidarse entre vecinas. Les llaman batidas: “Eran guardias nocturnas que nos organizábamos por días, por vecinos de a diez. Había mucho robo y así redujimos un poco la inseguridad, con cuadrillas de hombres y mujeres”. 

Pero allí no se acaban los problemas: ante un Estado ausente, las vecinas de Los Artesanos intentan resolver de manera comunitaria los obstáculos para una vida digna, pero es insuficiente. Exigen al Estado que provea de luz y agua potable, que exista una escuela y un centro de salud para quienes allí habitan. Los jóvenes que asisten a clases deben cruzar la circunvalación, lo que se ha convertido en un peligro para muchos y un reclamo para el gobierno: “El colegio está del otro lado. Queremos tener más seguridad con los chicos, ha habido accidentes en esa parte y, por ello, reclamamos que pongan una pasarela para cruzar la circunvalación”, nos dice Janet.

En el barrio, viven alrededor de 1500 personas con falta deficiente de agua: “Reservamos en tanques grandes. Ahora tenemos una canilla que conectaron, pero hay a veces, días, que no hay en todo el día agua”. En el comedor, también dan apoyo escolar, a veces, apenas alumbradas por una vela o un celular porque la luz se corta y porque este servicio no está garantizado ni entra en la agenda de los gobiernos de turno. 

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(Imagen: Colectivo Manifiesto)

Darle puño para no fallar

Janet está concentrada. Escucha todo lo que sus compañeras dicen, pero no se distrae de su tarea: mezclar las galletas con la leche para hacer una pasta que sirva al ají de pollo que están preparando. Vino desde Bolivia hace más de 15 años: “Antes, formaba parte de la FOB, dejé un tiempo y volví este año. Yo estoy trabajando con la copa de leche y mi interés es colaborar con los chicos acá en el barrio. Recibí la invitación de la FOB para abrir la copa a otras voluntarias del barrio, antes lo hacía yo sola”. El comedor funciona en un saloncito que está en el patio de su casa. Ella hace 9 años que está en el barrio y recuerda que, cuando llegó, era apenas un montoncito de tierra en el cual fueron asentándose las familias: “Había casitas de madera. Todos los vecinos han puesto su voluntad para trabajar y superarse cada quien con material noble”. 

Nos cuenta que la copa de leche surge hace dos años, que surge como inquietud de su parte y algunas vecinas: “Entonces, el año pasado, a través de la señora Mili que es la encargada de la copa de leche, le propuse que la FOB pueda venir a ayudarnos acá. Teníamos 32 niños y éramos 2 o 3 mamás las que hacíamos la leche con apoyo de nosotras solas porque nadie nos daba nada. Todo era a pulmón, íbamos a pedir leche, harina por ahí”. 

Ahora, las cosas se hicieron un poco menos cuesta arriba gracias a la organización: “Tenemos el apoyo de la FOB. Desde el año pasado, conseguimos la harina, la leche. Hemos aumentado, éramos 32, ahora son 115 niños. Tenemos 10 adultos mayores y embarazadas también. Atendemos los días lunes, miércoles y viernes, y tratamos, en lo posible, de no fallar. Hacemos lo que sea para no fallar”, dice Janet. “Fallar” para ella significa que haya niños que ese día no van a comer.

*Por Débora Cerutti para La tinta. Fotos: Colectivo Manifiesto.

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