Crisis interminable en Argentina, parte 2: el desastre con el FMI

El gran golpe al oficialismo durante las elecciones primarias (denominadas la ODEPA) en Argentina no ha hecho más que agravar la crisis actual.

Roberto Lampa for openDemocracy

Para entender cómo hemos llegado a la enésima conmoción financiera que comenzó hace aproximadamente un año en el Río de la Plata, Argentina, debemos explorar los acontecimientos cruciales que tuvieron lugar entre agosto y octubre de 2018, centrándonos específicamente en el papel del FMI en la crisis.

El 20 de junio de 2018, el gobierno argentino y el IMG firmaron el mayor acuerdo de reserva en la historia de las relaciones del país con la institución financiera. A cambio de un acuerdo de rescate de 50.000 millones de dólares, el gobierno argentino se comprometió a alcanzar tres tipos de metas: la primera, una meta fiscal para reducir drásticamente el déficit público, la segunda, una meta relacionada con la inflación y, finalmente, una meta de fluctuación máxima y mínima en el valor de la moneda nacional.

Sin embargo, los esfuerzos de las autoridades argentinas fueron tan pobres que en agosto de 2018, el país fracasó en la primera inspección técnica del FMI, algo que nunca ha ocurrido en la historia argentina.

El incumplimiento de los requisitos llevó a la suspensión inmediata del acuerdo y a la renegociación de los términos, que siguió a la renuncia del ex director del banco central, Caputo.

En cualquier contexto ordinario, se habría esperado un endurecimiento de la posición del FMI, especialmente dada la falta de seriedad de Argentina. Sin embargo, la redefinición de los términos del acuerdo se anunció en octubre de 2018 y contenía una serie de medidas sorprendentes y sin precedentes.

En primer lugar, como premio agrio por sus pobres esfuerzos, Argentina recibió una cantidad mayor de la que se había acordado anteriormente (57 mil millones de dólares). En segundo lugar, se eliminó por completo la inflación y la limitación de la fluctuación de los objetivos cambiarios.

Finalmente, permitieron que el banco central interviniera en el mercado cambiario, vendiendo las reservas en dólares para fortalecer los tipos de cambio.

Cabe destacar que la última medida fue desproporcionada, ya que se parece mucho a financiar la poderosa fuga de capitales con dólares del FMI que hasta entonces había caracterizado a la economía argentina.

En este sentido, la medida representó una clara violación del Artículo VI del estatuto del FMI, que prohíbe al FMI financiar la fuga de capitales con sus préstamos.

Por si esto no fuera suficiente, la versión modificada del acuerdo también modificó el plazo para los pagos. El 90% de todos los recursos prestados a Argentina debían ser entregados en 2019, un año electoral, permitiendo al gobierno de Macri un control casi completo sobre estas finanzas. A la inversa, Argentina sólo tiene que empezar a pagar el préstamo en 2021.

En otras palabras, está claro que en octubre de 2018, el FMI tomó una decisión clara y radical: convertirse en un actor político clave que creara las condiciones necesarias para la reelección de Macri.

De hecho, los meses siguientes se caracterizaron por una estabilidad inusual del tipo de cambio, que dejó a muchos observadores pensando que la crisis estaba llegando a su fin y que Macri estaba en camino a una victoria fácil, pero las cosas eran mucho más complicadas.

Lo que se confundió con los primeros signos de recuperación económica fue, de hecho, el ojo del huracán. Los actores financieros y los inversionistas continuaron siendo cautelosos, pero aceptaron cambiar su comportamiento debido al apoyo político incondicional que la administración Macri recibió del FMI.

Así, la intervención sin precedentes del FMI ha creado un elemento de fragilidad en el sistema financiero argentino: si el FMI garantizara su apoyo incondicional a Macri, cualquier tipo de revés electoral implicaría una carrera cambiaria inmediata, dado que los actores económicos han asociado el fin de Macri con el fin de la ayuda del FMI y, por lo tanto, con el aumento abrupto de la probabilidad de un default argentino.

Cuando Alberto Fernández, candidato de la oposición a las elecciones presidenciales, ganó la primera vuelta (la ODEPA) por una gran margo de 15 puntos, este temor se materializó.

La tormenta financiera y cambiaria comenzó el lunes, llevando al peso a depreciarse en casi un 30%, con un enorme aumento del riesgo de inversión (actualmente en 1879 puntos) y un colapso de los activos financieros.

La ridícula reacción de Macri, que ha culpado al electorado argentino de la crisis, y luego se disculpó, justificando sus comentarios con una “falta de sueño”, no es el asunto más grave en la Argentina posterior a la primera vuelta.

El verdadero problema es que en medio del caos, Macri ha anunciado un conjunto de medidas extraordinarias con la intención de mantener el poder adquisitivo de los argentinos: un aumento del 5% en los salarios del Estado, una drástica reducción de los impuestos sobre los salarios y la eliminación del IVA sobre los bienes de consumo básico.

Estas medidas implican un aumento del gasto público, por lo que suponen un incumplimiento del único objetivo establecido en el segundo acuerdo con el FMI: el objetivo fiscal de reducir el déficit público.

En otras palabras, Argentina acaba de hacer estallar el acuerdo con el FMI en medio de una grave crisis política y económica, que se personifica en la dimisión del Ministro de Hacienda Nicolás Dujovne, garante del acuerdo con el FMI.

Si es posible renegociar un tercer acuerdo con el FMI, es imposible decir cuáles podrían ser los términos en el contexto político actual.

La única certeza es que la conducta partidista e irresponsable del FMI ha contribuido al desastre en el que se encuentra Argentina. Si los actores económicos no encuentran paz y tranquilidad para reducir pronto la volatilidad del mercado, esto podría ser sólo el comienzo de una profunda crisis para Argentina.

Fuente: Pressenza.com


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