Cómo es vivir al día en tiempos del COVID19

En la primera semana de COVID19, mucha gente respetó las recomendaciones del gobierno y, atendiendo al bloqueo impuesto al transporte público, se movió lo menos que pudo. El principal efecto se observó en los lugares públicos más populares: lucían desolados. Desde el Parque Central hasta las arterias principales de la ciudad, todo era un insólito vacío, tiendas cerradas, tráfico reducido a niveles que ni el domingo de Semana Santa… Pero hubo también un enorme sector de ciudadanos que en casa no pudo quedarse. La razón es simple: o salen a la calle o no comen.

Autor: Simone Dalmasso

Se trata, en la mayoría de los casos, de vendedores ambulantes, uno de los últimos anillos de la cadena económica de cualquier sociedad. Abandonados los tradicionales negocios de dulces, gaseosas, fruta y cigarros, muchos vislumbraron una nueva oportunidad comercial y se volvieron vendedores de mascarillas y gel antibacterial –de múltiples calidades y dudosa efectividad– al punto que, paradójicamente, frente al desabastecimiento de estos productos en la tiendas formales, por la Sexta Avenida de la zona 1, o en cualquier mercado, siguen más disponibles y están entre los más vendidos.

Mascarillas y gel, en época de epidemia, representan el nexo que unió la venta ambulante con la venta formal: Maribel Díaz, originaria de la colonia El Paraíso 2, zona 18, una de las tantas áreas rojas de la ciudad, 39 años y cinco hijos que alimentar, es vendedora de ropa desde que era una niña. En estos días, en su puesto de venta de la 18 calle y sexta avenida de la zona 1, vendía mascarillas a 5 y a 10 quetzales: ninguna sirve realmente contra la amenaza del virus, pero es la propuesta comercial que, en estos días de baja, resulta viable para los bolsillos de la mayoría.

Noemí, prima de Maribel, enseñaba la foto de su puesto, rebosante de bolsas multicolores, de cuero, finto cuero y tela. Un pasillo tétrico y desolado, correspondiente a la 18 calle entre Sexta y Séptima Avenida, separa los puestos de ambas primas. Recomendaba Noemí tener cuidado con los cacos, así le dicen a los ladrones de calle, los que pegan el “ventanazo” a los conductores de carros parados a los semáforos: en época de aislamiento y poca afluencia de personas, disminuyen los negocios y aumentan las necesidades económicas. Por ende, aumenta también el número de delincuentes en las calles… todos en busca de algo para comer.

El horizonte es la próxima comida. Los vendedores ambulantes rascan las calles en un busca de unas monedas que les permitan llevarse algo a la boca. En los mercados no siempre le va mal, aunque sin transporte la clientela ha mermado y el arroz, que costaba tres quetzales la libra, ahora llega a cinco.

Guadalupe Gallardo lleva dos años y medio viviendo en las calles del centro histórico acompañando a sus padres, ambos vendedores ambulantes, en sus recorridos diarios. Acostumbrada a correr con su monopatín por el Parque Central esquivando a gente, ahora tenía prácticamente toda la plaza para ella: mascarilla a la boca, espantaba a las palomas, única presencia imponente y, por las mismas condiciones que aúnan a todos, más hambrientas que nunca, en una plaza lúgubre y siniestra a pesar de la linda luz incandescente del atardecer del martes 17.  

Federico Gómez, 62, pastor de la Iglesia Roca de Poder, originario de Villa Nueva, alienta la venta de melón de una vendedora, en una insólita calle despoblada, antes del mediodía, en el mercado de la Terminal / Simone Dalmasso

De unas ventas a otras, el mercado de La Terminal, zona 4, uno de los corazones pulsantes de la actividad comercial de la ciudad, amanecía sin el frenético caos tradicional, el miércoles 18. Seguía siendo la gran colmena de colores, olores, movimiento y humanidad de siempre. Sin embargo, el bloqueo del transporte público frenó las ventas y aumentó los precios. De hecho, el dédalo de calles y callejones que lo componen era mucho más transitable que normalmente.

Doña Simona Chamalej tiene 75 años y 60 vividos en el rincón de un callejón cerca de la tomatera en que vende pollos desde que era una adolescente. Viuda de un pastor evangélico, estaba perfectamente convencida que el Coronavirus es un claro mensaje de Dios, una calamidad, una de las tantas pruebas a las que el Todopoderoso somete al pueblo de Israel desde siempre. Mujer de fe y consciente de estar más expuesta al virus, por su edad, se encomendaba al altísimo, mascarilla en boca.

Más cautelosos y sabidos de la necesidad de adoptar medidas de seguridad frente al constante abandono de las autoridades, estaban los vendedores y pobladores de la 0 avenida, sector la Naranjera, ubicada entre la Platanera y las ventas de mangos. Sin esperar mayores señales del cielo o, menos aún, intervenciones extraordinarias de la municipalidad, contrataban a diario una pipa de agua para barrer la calle donde pasan la vida. A las 10:00 Aura María Culajay, lideresa del área, recordaba a todos los vendedores la inminente llegada de camión cisterna. Una hora después, todos los vendedores, escobas en una mano y guacales de cloro en otra, llevaban a cabo un fúlgido ejercicio de democracia participativa de barrio, quitando cualquier escombro de la calle.

Saliendo de la 0 avenida, a la orilla de la calzada Atanasio Tzul, entre un grupo de ocho vagabundos, estaba Ismael Mejillas, 15 años.

Mascarilla a la boca, él no tiene hogar en que quedarse. Vive en la calle. Con la mirada perdida por los efectos del pegamento que inhala, descansaba encima de su única pertenencia, la cobija que lo protege del frío de la noche. Ocasionalmente vende dulces en las camionetas, pero ahora, en forzoso paro laboral, demasiado atrapado en su laberinto mental cotidiano, miraba abajo, hacia el suelo: el futuro de la epidemia es una función demasiado lejana como para preocuparlo en este instante.

Aura Morales, 50, y Juan Moratalla, 52, se abrazan sentados frente a una tienda cerrada de la sexta avenida, zona 1. Viven juntos desde cuando eran patojos y no tienen dinero para comprar mascarillas / Simone Dalmasso

Aura Morales, 50, y Juan Moratalla, 52, comparten un destino parecido a lo de Ismael: sentados a la orilla de una tienda cerrada, observan a los pocos transeúntes de una Sexta Avenida fantasma. Están abrazados, como suelen hacer desde que eran patojos, pareja resiliente al drama constante de la precariedad de la vida.

Mayki Graff, 25, hondureña de Tegucigalpa, estaba de visita en Guatemala cuando se declaró la cuarentena por Coronavirus. Sin servicio de transporte público, tendrá que quedarse en la ciudad, imposibilitada a volver a su casa / Simone Dalmasso

En la ciudad desolada había también casos que no se logran explicar con la lógica de la pura necesidad económica.

Las prepotentes dinámicas establecidas por los acuerdos migratorios entre Estados Unidos y la Centroamérica de la mano de obra barata hacían que, en una época de semibloqueo de los viajes aéreos, 65 connacionales detenidos eran traídos en un vuelo especial desde Texas y llevados por buses militares a los departamentos de origen, sin muchos controles sanitarios, el jueves 19.

Mientras tanto, Mayki Graff se encuentra en la ciudad en una singular condición de rehén. La joven universitaria hondureña, originaria de Tegucigalpa, visitaba Guatemala cuando el gobierno bloqueó el transporte público. Tendrá que esperar en casa de amigos el cese de la cuarentena para poder volver con su familia en tierra catracha.

Sin mascarilla ni pena, en cambio, andaba jugando cartas un grupo de viejos amigos en un parque cerrado de la Parroquia, zona 6, al atardecer del martes 17. En los albores de la amenaza viral, se rehusaban en adoptar medidas de protección del contagio reivindicando el derecho a gozar de su hora de libertad, como siempre, después de una dura jornada de trabajo, con o sin coronavirus. El toque de queda que ayer decretó el Gobierno no les dejará mucha opción.

Un grupo de amigos se rehusó en suspender el tradicional encuentro post-trabajo, el martes 17 de marzo, en un parque cerrado de la Parroquia, zona 6 capitalina / Simone Dalmasso

Fuente: Plaza Pública


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